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Museo del Banco Central del Ecuador |
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El pasado
aborigen del Ecuador
América y Australia fueron las últimas masas
continentales de nuestro planeta en ser ocupada por el ser
humano. Es probable que el hombre ingresara por primera vez
en tierra americanas desde el continente asiático a
través del Estrecho de Bering. Hay varias teorías,
no plenamente confirmadas, respecto al medio utilizado para
cruzar este brazo de mar; la más aceptada sostiene
que el hombre lo atravesó caminando por tierra firme
en un período en el que el fondo del estrecho se había
secado a causa de un descenso del nivel del mar. Este fenómeno
se repitió varias veces durante los dos últimos
millones de años como consecuencia de las glaciaciones
del Pleistoceno, las cuales provocaron la acumulación
de una parte importante de toda el agua del plantea en enormes
capas de hielo que cubrieron, a su vez, amplias regiones del
norte de América, Europa y Asia.
En América del Sur la presencia del hombre data de
hace treinta mil años aproximadamente, según
hallazgos recientes en ciertos abrigos rocosos del este del
Brasil. Como consecuencia del enfriamiento general del planeta,
el subcontinente debió tener un clima menos cálido
y más seco que el actual, y, excepto por unas pequeñas
manchas de selva densa, la cuenca amazónica habría
estado cubierta de bosque seco, lo que debe haber facilitado
la expansión del hombre, no adaptado aún a la
selva tropical.
En cuanto a lo que hoy es el territorio ecuatoriano, la región
de la Sierra fue posiblemente una de las últimas zonas
de América del Sur en ser ocupada por el hombre, debido
a la gran altura de las cumbres andinas y a los efectos de
las glaciaciones. Además, un vulcanismo muy intenso
habría hecho casi imposible la vida en las cordilleras
y en los valles serranos interandinos, no así en las
sabanas, el bosque seco y los manglares de las tierras bajas
del litoral del Pacífico. Contemporáneamente,
otros grupos humanos se fueron adaptado al ecosistema del
bosque húmedo ecuatorial, propio de las tierras bajas
orientales y de la parte norte de las occidentales. En nuestro
territorio existen evidencias seguras de la presencia del
hombre desde hace once mil años.
Los primeros habitantes de nuestra Sierra eran cazadores
- recolectores paleoindios y se agrupaban en pequeñas
bandas de individuos emparentados de quince o veinte integrantes
cada una. Los varones adultos se dedicaban a la cacería
de venados o de camélidos; la mujeres, los ancianos
y los niños recolectaban alimentos vegetales y animales
pequeños como caracoles, escarabajos, larvas de insectos,
pájaros, huevos y pequeños reptiles. Se manufacturaban
armas de caza y otros utensilios en diversas piedras duras
como el basalto, el pedernal, la cuarcita, la calcedonia y
la riolita, utilizándose para ello una técnica
depurada. La piedra más empleada era la obsidiana,
que se obtenía de los extensos flujos de lava de Quiscatola
y Mullumica, en la Provincia de Pichincha. La presencia de
estos instrumentos en toda la Sierra demuestra, ya en épocas
tempranas, la existencia de una incipiente red de intercambios
a larga distancia.
Por el mismo tiempo, a orillas del Pacífico, vivían
grupos de cazadores-recolectores “arcaicos” de
la cultura Las Vegas. Se han encontrado vestigios de ellos
en el sitio de este nombre y en otros cercanos, todos ellos
en la Península de Santa Elena. Además de practicar
la caza y la recolección de plantas silvestres, una
parte importante de su alimentación procedía
de peces y moluscos marinos. A partir de 6000 a.C. se habría
iniciado la práctica incipiente del cultivo de algunas
plantas alimenticias. Aunque no eran realmente sedentarios,
estos cazadores – recolectores regresaban a sus poblados
de manera periódica para residir allí estacionalmente,
el sitio “80” de Las Vegas, fue ocupado repetidamente
a lo largo de cuatro mil años. Su tecnología
lícita era bastante más pobre que la de los
paleoindios de la Sierra, pero, a diferencia de éstos,
elaboraban también hachas de piedra pulida y utensilios
de conchas marinas.
La preocupación de las comunidades arcaicas por el
destino de sus difuntos se reflejan en la existencia de cementerios
organizados, situados junto a los poblados – base y
usados por largo tiempo. Algunos de estos enterramientos estaban
acompañados de ofrendas funerarias compuestas especialmente
de pequeños guijarros, objetos de concha y hachas de
piedra pulida.
Ciertos rasgos importantes de la cultura Las Vegas la configuran
como un antecedente directo de las sociedades complejas del
Período Fornativo, estos rasgos son: la repetida ocupación
estacional, por largas temporadas, de un mismo campamento
– base con estructuras de habitación sólidas
y permanentes; un ceremonialismo comunitario que se refleja
en prácticas funerarias complejas y en la existencia
de un cementerio comunal permanente, el cultivo incipiente
de plantas alimenticias y de ciertas fibras como el algodón;
y, la fabricación y uso de implementos de piedra pulida.
Hace seis mil años s establecieron en nuestro territorio
los primeros poblados permanentes y organizados. Constituyen
el denominado Período Formativo (4000-600 a.C.). En
la cultura Valdivia, por ejemplo, existían aldeas permanentes
compuestas de grandes chozas ovaladas, ordenadas alrededor
de amplios espacios abiertos o plazas que tenían una
función ceremonial comunitaria y estaban asociadas
a construcciones especiales de uso ritual. Por primera vez
se practicó una agricultura estable y compleja que
sirvió como fuente de subsistencia a toda la población.
Se inició la práctica de la alfarería,
tanto para uso doméstico como ceremonial, la que logró
un nivel artístico y tecnológico considerable
en la cultura Chorrera. Por esta época aparece en la
Sierra las culturas Cerro Narrío y Cotocollao y, en
la Amazonia, las culturas Pastaza, Upano y Contundo, culturas
sedentarias que evidencian contactos en el intercambio de
bienes y de ideas, entre sí y con las sociedades de
la Costa.
Debe destacarse que una serie de características formales
y técnicas de la cultura Chorrera se reflejan en los
estilos artísticos utilizados en otras culturas contemporáneas
de la Sierra como Cerro – Narrío y al Chimba
y de la Amazonia como en la Cueva de Los Tayos. A su vez,
culturas posteriores de la Costa. La Tolita, Jama –
Coaque y Bahía, tiene raíces en manifestaciones
locales y tardías de Chorrera. Este podría ser
un lejano antecedentes de una cultura identificada territorialmente.
La demanda de productos exóticos para uso ceremonial
o de prestigio personal propició el surgimiento de
redes de intercambio con sociedades lejanas que ocupaban territorios
con ecología y recursos naturales diferentes. Con el
paso del tiempo, este comercio, así como la extracción
y manufactura de bienes destinados al intercambio, se convirtieron
en actividades de mayor importancia en el desarrollo económico
y político de las sociedades primitivas, lo que propiciaría,
a su vez, la aparición de una “casta” de
individuos de gran prestigio: los grandes mercaderes viajeros
o “mindaláes”. La primera representación
artística de estos personajes acaso corresponde a la
figura del “canastero”, que aparece por primera
vez al final de este período.
Entre las materiales primas que más influyeron para
convertir nuestro territorio en el núcleo principal
de una vasta red de comercio a lo largo de la Costa americana
del Pacífico, se deben citar las conchas marinas coloridas
y brillantes de las aguas tropicales. Para la sociedad andina
de entonces, las conchas marinas constituían un material
muy valioso y de un enorme significado. Los grandes caracoles
marinos servían como trompetas, pututos o quipas, utilizadas
en ceremonias religiosas. Se les consideraba también
símbolo importante de la fertilidad masculina y servían
de ofrendas a los dioses. Otras conchas eran apreciadas por
su brillo y color, y con ellas se elaboraban ornamentos personales
muy codiciados y diversos objetos de culto. Por sobre todas
era estimada la concha de una ostra espinosa de la especie
spondylus princeps (mullu, en quichua). Su bello color rojo
sangre, su brillo y su forma particular, acaso permitía
una identificación con una vulva, por lo que era considerada
como elemento propiciador de la fertilidad, de la lluvia y
del agua de riego y de la reproducción de los seres
humanos, los animales y las plantas. Por su gran valor simbólico,
se la creía el alimento preferido de los dioses e irreemplazable
como ofrenda en los lugares de culto. Los hombres, a imitación
de las divinidades, gustaban adornarse con objetos manufacturados
con ese material. Todas estas características permitieron
que esta concha no solo sea una importante mercancía
comercial sino medida de valor y medio de acumulación
de riqueza.
La Spondylus princeps solo vive en la aguas cálidas
del pacífico, desde lo que hoy es el Ecuador hasta
México y, por esta razón, su fuente más
accesible para las poblaciones andinas se encontraba en el
litoral ecuatoriano, lo que propició el surgimiento
de una importante industria de extracción y manufactura,
cuya producción se exportaba a todos los rincones de
los Andes.
Hacia 300 a.C., se inició el Período de Desarrollo
Regional, que se prolongó hasta 600 d.C., aproximadamente.
En esta etapa la sociedad se estratificó y los intercambios
comerciales, así como los cultos religiosos públicos,
fueron monopolizados por una casta que rápidamente
conquistó preeminencia social. Aparentemente aún
no se puede confirmar la existencia de un poder político
reconocido, pero si de la aparición de un grupo dominante,
económicamente poderoso y oligárquico, que ejercía
un papel preponderante en la sociedad.
Se establecieron grandes centros ceremoniales, conformados
por multitud de tolas o pirámides de tierra, sobre
las que se levantaban “templos” o edificios de
culto. A estos lugares concurrían grandes multitudes
a adorar a sus dioses, a enterrar a sus muertos t a participar
en ceremonias religiosas colectivas. Constituían, además,
centros de producción de objetos de adorno, tanto para
uso ceremonial como funerario, todo con un marcado carácter
de símbolo de posición social y poderío
económico. Con este fin, se trabajaban diversos metales
como el oro, la plata, el platino y el cobre, y se realizaban
una serie de aleaciones con técnicas de enriquecimiento.
En ceremonial o los recipientes de empleo doméstico,
se producían representaciones artísticas de
personas, animales, frutos y seres míticos. Algunas
de estas últimas, generalmente de gran tamaño,
eran utilizadas como imágenes de culto, pero la mayoría
de las figuras servían como exvotos o señales
de un beneficios solicitado y a menudo recibido de una divinidad.
En muchas casos, estos objetos han llegado a nosotros como
parte del ajuar que acompañaba a los difuntos. También
hay que destacar la representación plástica
de individuos cubiertos con una indumentaria ceremonial profusamente
adornada que parecería reflejar su elevada posición
y riqueza, lo que es especialmente significativo en las culturas
Bahía y Jama-Coaque. El hecho de que se les representaba
de pie o sentados, pero no sobre “asientos de poder”,
indica que estos individuos, a pesar de su alta posición
social, no poseían una autoridad legalmente reconocida,
es decir, no eran caciques o jefes sino “personas influyentes”.
En muchos casos, los objetos que sostienen en las manos (remos
y bolsos) o que adornan su vestimenta (conchas, ¿granos
de cacao?, objetos de oro u otros metales preciosos) parecen
reflejar el origen y el sustento de su preeminencia social;
se tratarían, entonces, de destacados “comerciantes
– viajeros” o mindaláes, que habrían
alcanzado su alto rango social gracias al éxito en
sus empresa comerciales.
En este aspecto, es digno de observar que los llamados “gigantes”
de bahía se los encontró a orillas del mar,
lo cual podría reflejar el hecho de que sus principales
actividades comerciales las realizaban navegando a lo largo
de las costas del océano. Además, el centro
de culto más importante de esta cultura estaba en la
Isla de La Plata, principal zona de recolección de
la concha spondylus.
Por otro lado, la ubicación del gran centro ceremonial
de La Tolita en una isla junto al océano y en la desembocadura
de importantes ríos procedentes de los Andes, al extremo
meridional de una red de canales costeros navegables, al norte
de lo que hoy es nuestro país, tenía relación
con la navegación y el comercio.
Los limitados hallazgos arqueológicos en la Sierra
se ubican en puntos estratégicos para el acceso al
callejón interandino desde la Costa o la Amazonia,
e importantes para los intercambios comerciales interregionales.
Cumbayá y la Chimba en la Sierra norte, Cerro Narrío
y Pirincay en el Austro. En estos sitios aparece cerámica
de origen costeño o réplicas de fabricación
local (La Tolita y Jama Coaque), así como mercancías
de esa procedencia (concha spondylus y coca).
Hay que destacar, en la Sierra norte y central, la presencia
de un estilo cerámico de alta calidad, minoritario
pero ampliamente distribuido, que podría tener su origen
en las estribaciones orientales de los Andes, en el valle
del Río Quijos, y que denomina Panzaleo Cosanga-Pillaro.
Esta alfarería relaciona las diversas culturas serranas
con tradiciones cerámicas diferentes. Su amplia distribución
refleja la importancia que han tenido en la Sierra los intercambios
con la Amazonia, en especial para la provisión de elementos
de uso shamánico como la coca o los alucinógenos.
En
el Período de Integración (600-1534 d.C) la
estratificación de la sociedad se volvió rígida
y el poder político se concentró en un solo
individuo: el curaca o señor. Este personaje acaparó
una parte importante de los excedentes generados por la colectividad
y ostentó un dominio indiscutible sobre todos sus miembros.
Se benefició de las cosechas provenientes de las tierras
agrícolas, generalmente mejoradas con la construcción
comunal de camellones y terrazas y participó de los
réditos del comercio de mercancías suntuarias
realizado por los mercaderes profesionales. Amplios campos
de camellones existían sobre todo en la cuenca del
Río Guayas y en el norte de la Sierra. La norma de
reciprocidad propia de estas sociedades obligaba al curaca
a compensar periódicamente a sus súbditos regalando
productos exóticos u organizando celebraciones con
abundantes comida y chicha. Estos festejos se realizaban en
grandes centros ceremoniales, algunos con enormes pirámides
de tierra, cuyos vestigios se encuentran en el interior de
la Costa, en la vertiente noroccidental de la cordillera y
en el norte de la Sierra ecuatoriana, siendo los de Cochasquí
los más representativos.
En esta época se suscitó un importante desarrollo
demográfico, el cual, dada la estructura de poder desarrollo
demográfico, el cual, dada la estructura de poder de
la época, permitió la construcción de
amplias obras de ingeniería que se tradujeron en un
gran aumento de la productividad agrícola lo que, a
su vez, obligó a una gran concentración de mano
de obra en el cultivo, extracción y manufactura de
bienes de exportación como la sal, el pescado seco,
el algodón, la coca, las plantas alucinógenas,
las conchas, los caracoles marinos, los metales, los tejidos
finos, los adornos de concha, otro y cobre.
Así mismo se produjeron importantes intercambios de
ideas e influencias estilística entre todos los señoríos,
a pesar de su marca autonomía política, sus
diferencias culturales y un antagonismo que provocaba enfrentamiento
y guerras. Signo evidente de estas relaciones fue la decoración
de la cerámica con pintura negativa y franjas de sobrepintura
roja o amarilla, que Jacinto Jijón y Caamaño
denominó Horizonte Tuncahuán. Es evidente su
presencia en toda la Sierra ecuatoriana y en parte de la Costa,
sobre todo en la cultura Milagro-Quevedo.
Al quedar supeditados los mercaderes profesionales de manera
directa a la autoridad de los curacas, éstos se interesaron
en la promoción de sus actividades dentro y fuera de
su territorio, lo que produjo competencia y enfrentamiento,
no solo entre individuos sino entre sociedades enteras, por
el control de las rutas comerciales y los centros de explotación
y producción de mercancías de gran demanda.
Los casos mejor conocidos de luchas entre señoríos
son los que aluden a la conquista de la región de Jama-Coaque
y del puerto comercial de Atacames por parte del señorío
manabita de Salangone. Causas semejantes debieron tener los
continuos enfrentamientos bélicos entre el señorío
de La Puná y el de Tumbes.
La producción de bienes para la exportación
fue una de las actividades más importantes en las sociedades
costeras. De acuerdo con datos históricos, la región
manteña exportaba principalmente mantas de algodón
y conchas marinas, sobre todos spondylus. En el sur de Manabí
se han encontrado millares de torteros con bella decoración
incisa que demuestra la importancia del hilado del algodón
usado para tejer mantas y se han localizado algunos de los
centros de mayor extracción y trabajo de la concha.
En la parte baja de la cuenca del Guayas, región de
la cultura Milagro Quevedo, se ha localizado el milenario
sitio “Peñón del Río”, extraordinario
establecimiento mercantil. Durante este período el
cobre, trabajado y en bruto, fue la principal mercancía.
El comercio marítimo entre puntos muy distantes es
conocido por noticias históricas y hallazgos arqueológicos.
E transporte de importantes volúmenes de mercancías
se realizaba en enormes balsas veleras compuestas por troncos.
En la primera mitad del siglo XV, la étnica Inca del
sur del perú inició una serie de conquistas
que le permitieron conformar, en menos de un siglo, un enorme
imperio, denominado Tahuantinsuyo. Hacia el año 1500
su territorio abarcaba los Andes y la Costa del pacífico,
desde el extremo sur de la actual Colombia hasta el centro
de Chile y la parte andina de la Argentina. Tenía una
población de más de diez millones de personas
pertenecientes a centenares de étnicas diferentes.
Una coordinación ágil y eficaz entre la administración
central y la de las provincias estaba asegurada por una magnífica
red de caminos y un rápido servicio de correos llamados
chasquis. La estructura vial estaba articulada alrededor de
una gran ruta troncal –qhapaq ñan- , que unía
la frontera norte del territorio con su extremo sur, pasando
siempre por Cuzco. Una serie de guarniciones militares distribuidas
por todo el imperio ayudaba a prevenir cualquier intento de
oposición a la autoridad imperial y a sus representantes
locales.
La economía incaica se basaba en un control eficiente
de la producción a través del monopolio del
Estado sobre la minería, la metalurgia y la orfebrería,
en la elaboración de tejidos finos, de cerámica
y de una parte importante de la ganadería de camélidos.
Además, las cosechas producidas en una gran extensión
de las tierras de cada provincia, las llamadas “tierras
del Sol” y “tierras del Inca”, se las reservaba
el estado y las almacenaba en grandes centros de acopio debidamente
distribuidas.
Los Incas iniciaron la conquista de nuestro territorio hacia
1460 bajo las órdenes del príncipe Tupac-Yupanqui,
durante el reinado del emperador Pachacutec y lograron someter
a todas las etnias serranas hasta Quito e Imbabura. El hijo
de Tupac Yupanqui, Huayna-Cápac, nacido en Tomebanba,
enfrentó un levantamiento general de las poblaciones
de la Sierra ecuatoriana, que fueron sometidas con bastante
dificultad luego de varios años de cruenta guerra.
Para controlar mejor su territorio, los incas construyeron
una serie de importantes ciudades y centros administrativos
menores. Los principales en nuestro territorio fueron Tomebamba,
en el sur, y Quito en el norte. Uno de segundo orden, que
aún se conserva en buena parte, es el famoso Ingapirca
– la antigua Hatun Cañar - con su magnífico
templo solar, conocido como el Castillo o Elipse.
Una de las principales razones del interés inca por
dominar nuestro territorio fue la importancia que aquí
tenían las actividades mercantiles: un control indirecto
de éstas permitió al Estado inca conseguir bienes
que de otro modo no habría podido obtener directamente.
Esto se confirma por el hecho de que los principales centros
económicos y políticos incas en nuestro territorio
estaban situados en puntos donde la ruta troncal de la Sierra
se cruzaba con las rutas de comunicación de la Costa
y, quizás, de la Amazonia: Tomebamba, Riobamba, Latacunga,
Quito, Otavalo y Caranqui.
En síntesis, el territorio del actual Ecuador caracterizado
entre otras cosas, por una difícil topografía
andina, una amplia meseta amazónica, la corriente cálida
de El Niño y la fría de Humboldt, su ubicación
en la zona tórrida y la peculiar heterogeneidad de
sus pisos ecológicos, ha sido, por más de diez
mil años, escenario de continuadas, amplias y complejas
interacciones culturales.
Diferentes grupos se enraizaron hasta concebir una identidad
cultural clara y definida, de la cual somos sus herederos.
Los fenómenos de expansión territorial e integración
cultural, como los de Chorrera-Narrío-Cotocollao-Chimba,Chorrera-Bahía-Tolita
y Jama-Coaque, Cosanga-Píllaro o Panzaleo, Milagro-Quevedo
y Manteño-Huancavilca, los señoríos preincaicos,
y en determinados momentos la omnipresencia de materiales
culturales como la spondylus, las hachas monedas, la cerámica
y la orfebrería con diseños zoomorfos interregionales,
demuestran la paulatina conformación de una nación
con caracteres propios.
Antonio Fresco.
Fuente: Catálogo del Museo del Banco Central
del Ecuador Sala de Arqueología.
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