Escalar al "cuello de la luna": El volcán Cotopaxi, Informaciones esenciales sobre la excursión
Levanté una bota de plástico y situé sus crampones de acero en la nieve. Respiré profundamente. Catorce. Once pasos más y podré descansar otra vez. Hacía de noche, el aire tenía poco oxígeno y por mis auriculares sonaba la música de Billie Holiday. Las nubes de la noche se fueron y el flanco cubierto de nieve del Cotopaxi, el volcán activo más alto en el mundo, apareció en una luz espectral. Estuve casi exactamente sobre la línea ecuatorial, a 4.8km de altitud en el corazón de los Andes ecuatorianos, con 900m a escalar antes del amanecer. Ecuador es cada vez más un destino popular donde los montañeros pueden experimentar cimas de 6000m de altura con relativamente gran esfuerzo. Muchas subidas no son difíciles en la técnica, pero en estas alturas en un mundo lejos de la selva tropical y las playas pacíficas del país, incluso una caminata fácil en la nieve hay que tomarla en serio.
Nos encontramos el día anterior en Quito, que es la segunda capital más alta en Latinoamérica a 2800m. Había cuatro andinistas- mi amigo Jeff y yo, David de Inglaterra y Adam- y dos guías: Ramiro, el propietario de la compañía de escalar y Juanito.

El cono perfecto y cubierto de nieve del Cotopaxi culminó sobre un banco de nubes cuando dejamos atrás la capital y entramos a la Avenida de los Volcanes. A 5897m, Cotopaxi es la segunda más alta montaña en Ecuador, y la más popular para subir. Su nombre quiere decir "Cuello de la luna" en Quichua, el lenguaje de los Incas. Como uno de los más destructivos en el continente, el Cotopaxi tiene una lista larga con más que doce erupciones registradas.
La última fue en 1877. Un camino desigual de adoquinado llevó a la parte del norte de la montaña, a través de hordas de vacas y caballos salvajes, pastando en el sol intensivo del ecuador. Aparcamos más arriba del límite arbóreo y subimos jadeando la cuesta de gravilla hasta el refugio a 4800m de altura. Un edificio de piedra que olía del esfuerzo y de comida . Ramiro llevó a Jeff y a mí al glaciar para un curso corto para aprender cómo hay que moverse sobre hielo y nieve. Nos mostró cómo caminar diagonalmente para evitar herir nuestras pantorrillas con los clavos de los crampones y nos demostró cómo hay que frenar en el caso de resbalarse. "Si resbalas, mueve tu cabeza hacia arriba y cava tu pico en el hielo, así".
Cuando practiqué esto, me pregunté si tuviera la presencia del mente para hacer esto en el caso de perder el control en una cuesta de hielo por la noche con un cerebro privado de oxígeno. De vuelta en el refugio, cenamos en medio de un ambiente de "Indiana Jones" con luz de vela y un murmullo de diferentes lenguajes. El plan era de salir a las 2 de la noche, para poder llegar a la cumbre antes de que el sol empiece a ablandar la nieve. Adormecí, esperando que tenía lo que hacía falta- sobre todo determinación y suerte- para ser uno de ellos entre diez que llegan a la cumbre. Me desperté muchas veces, haciendo esfuerzos para respirar con una boca tan seca que mi lengua parecía dividirse. Nos vestimos en la oscuridad, comimos rápido un desayuno y nos juntamos en el patio para un último control del equipaje.
Ramiro ató a Jeff y a mí a su cuerda y partió por la cuesta. Yo puse mis auriculares, escuchando Billi Holiday, cuando vimos las luces de los frontales de otros grupos más arriba en la oscuridad. Llegamos al límite de la nieve dentro de una hora y pusimos nuestros crampones. David ya regresó un poco más arriba del refugio pero el resto de nuestro grupo todavía se sentaba fuerte.
El cielo empezó a aclararse en el este cuando subimos las serpentinas sin fin en la ruta del norte, ascendida por primera vez en 1882 por Edward Whymper. Pronto, el paso lento pero estable de nuestros guías empezó a exigir gran esfuerzo. Llegamos a 5400m, donde el aire contiene la mitad del oxígeno que contiene al nivel del mar. Yo tuve la suerte de haber estado ya un mes en Ecuador, pero el resto del grupo llegó hace pocos días y no tenían la oportunidad de aclimatarse bien. Jeff cambió a la cuerda de Juanito y yo puse más alto el volumen de la música para evitar todos los pensamientos de pararme. En subidas que no son muy técnicas como ésta, el esfuerzo es más mental que físico. Hay que saber, cuándo es necesario escuchar a su voz interna que exige que te pares y cuándo hay que ignorarla y seguir con la ascensión. La cuesta se hacía cada vez más empinada y la cumbre parecía retirarse en el aire azotado por el viento. La existencia se redujo a un simple ritmo. Paso. Respirar. Colocar el pico. Repetir.

Mi cabeza casi estalló. Hubiera dado todo para sentarme en la nieve y descansar, y probablemente lo hubiera hecho, si hubiera podido escuchar mejor mi voz interna. Subí el volumen. De repente, la cuesta aplanó y el camino terminó al borde de un cráter inmenso, lleno de nubes. Ramiro dio la vuelta, sonrió y me congratuló de ser la primera persona en la cumbre de esta bonita mañana. Di vueltas y mire aturdidamente, sonriendo a través de mi barba congelada. Mi boca no parecía funcionar bien, pero casi reí cuando Ramiro tomó su móvil para llamar a la oficina y decirles que llegamos a la cumbre. Fue su 143 vez. El viento desplazó las nubes y aparecieron muchas montañas por todas las direcciones cuando sacábamos fotos. Después dimos la vuelta y empezamos con la bajada. La bajada tomó menos de dos horas.
Informaciones esenciales sobre la excursión
Cotopaxi se encuentra unos 50km en el sureste de Quito, la capital de Ecuador, en el centro del Parque Nacional Cotopaxi. Desde el punto de vista técnico, no es una subida difícil, pero no es para gente sin experiencia o sin preparación. Es necesario tener equipaje básico de montañismo, una experiencia mediana y/o los servicios de un buen guía. Los mejores meses para subir al Cotopaxi son diciembre y enero, o agosto y septiembre. Es muy importante aclimatarse una o dos semanas en Quito (a 2800m) o más alto, antes de intentar la ascensión. Ecuador ofrece muchas montañas menos altas que sirven para entrenamiento: Atacazo, Corazón, Guagua Pichincha, Ilaló, Imbabura, o Pasachoa. El refugio José Ribas tiene 70 camas modestas, cajeros, facilidades para cocinar, agua corriente y se venden bocados y agua.
Para leer más sobre el viaje y ver las fotos de Julian Smith, visite la página web del autor.
